CIUDAD DE VACACIONES
Un pequeño núcleo costero que a comienzos de los años noventa apenas contaba con unos dos mil habitantes, la mayoría vinculados al trabajo agrícola, fue el terreno donde empezó a proyectarse una idea que prometía transformar el paisaje y, con él, la forma de habitarlo.
En pocos años, lo que antes era cultivo se convirtió en superficie edificable. La tierra dejó de producir alimento para producir expectativas. Miles de apartamentos comenzaron a levantarse de manera casi simultánea, organizados en filas repetidas, como si la planificación respondiera más a una lógica de acumulación que a una de vida. El complejo turístico creció rápido, demasiado rápido, impulsado por campañas que no vendían solo un lugar, sino una promesa: descanso, felicidad, estabilidad.
Pero lo que se construía no era únicamente un destino vacacional, sino una forma concreta de entender el bienestar. Estandarizada, accesible, reproducible. Una felicidad empaquetada que podía comprarse en cuotas.
La transformación fue celebrada como progreso. Más empleo, más movimiento, más población. Sin embargo, bajo esa narrativa expansiva empezó a consolidarse otra realidad menos visible: la sustitución de lo vivido por lo representado. El paisaje dejó de ser un entorno para convertirse en decorado. El mar, en un reclamo. La experiencia, en un producto.
Todo parecía funcionar mientras la maquinaria seguía en marcha. Pero el modelo contenía, desde el principio, una fragilidad estructural: dependía de una ilusión sostenida en el tiempo. Cuando esa ilusión se detuvo, también lo hizo todo lo demás.
Con la crisis inmobiliaria de 2008, la inercia se quebró. Las ventas cayeron, las construcciones se paralizaron y muchas de esas viviendas quedaron suspendidas en un estado intermedio: ni habitadas ni abandonadas del todo. Espacios diseñados para la ocupación que empezaron a vaciarse lentamente.
Es ahí donde este proyecto sitúa la mirada.
No en el auge, ni en la promesa, sino en lo que queda cuando el relato se agota. En la repetición sin uso, en la arquitectura sin vida, en los espacios que continúan existiendo aunque ya no cumplan la función para la que fueron creados.
Marina d’Or no aparece aquí como un caso aislado, sino como un síntoma. Una manifestación concreta de una tendencia más amplia: la de construir más de lo que podemos sostener, desear más de lo que necesitamos, permanecer en estructuras que ya han perdido sentido.
Las imágenes no buscan denunciar desde fuera, sino evidenciar desde dentro. Señalar esa incomodidad que surge cuando lo familiar empieza a resultar extraño. Cuando lo ordinario revela su desgaste.
Porque lo verdaderamente inquietante no es el abandono en sí, sino la facilidad con la que nos acostumbramos a él.
A convivir con lo vacío.
A normalizar lo inacabado.
A sostener, por costumbre, aquello que hace tiempo dejó de funcionar.
Y entonces la pregunta deja de ser urbanística o económica.
Se vuelve íntima.
¿En qué momento empezamos a aceptar este tipo de paisaje como algo natural?
¿Y qué dice eso de la forma en la que habitamos también nuestras propias vidas?














